El lugar, desde la ventanilla del autocar nocturno, no puede ser más triste. Callejas vacías, tapias azulosas, farolas solitarias, desmontes, persianas polvorientas mal cerradas, carreteras llanas que se internan en el campo y en lo oscuro, aceras desiertas, un perro al pie de una ventana alumbrado por la luz de un farol, charcos, un jardín con una cica y una tumbona rota, un bar con los cierres echados, por todas partes silencio y abandono, aunque es posible que el perro reciba la caricia de su dueño esta mañana, se llenen los cobertizos de ruidos de obra, alguien pague las letras de los coches aparcados, las persianas se levanten a la luz del mediodía, una niña se columpie bajo la cica, dos novios se abracen junto a una farola y así todo, y que el viajero en la noche, cuando el viaje es ya tan largo, aún no haya caído en la cuenta de que esa espantosa soledad la abre a su paso su mirada.

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