En el país de Hiate, una civilización perdida dejó tras de sí un amplio edificio porticado en medio de una planicie de tierra roja. Sus dos plantas son escombros, pero la maravilla de estas ruinas es una vasta sala subterránea en forma de almendra que llaman la Farmacopea. Allí, una sucesión de casilleros regulares se alarga y se alza desde los suelos al techo, en filas incontables y columnas, hasta cubrir por entero las paredes suavemente cóncavas de la nave. En cada casillero hay una clase de sustancia única dentro de un sobre de papel amarillento: polvos, yerbas, obleas, barros, aceites, pomadas, semillas, resinas, cápsulas, arenas, tinturas, arropes, de un solo color puro o sin color, abigarradas, irisadas, tornadizas o translúcidas, ligeras, espesas, terrosas o pétreas. De la primera a la última, completamente ignotas. Ninguna señal predice la virtud de cada sobre.
Los viajeros llegan a la explanada ante el pórtico desmoronado del edificio y se paran. En ese mismo lugar vivaquean o acampan durante noches, semanas, meses; el tiempo que necesite cada uno. Encienden hogueras, se dan a probar sabores de sus tierras, se cuentan historias del camino, razonan. En un momento dado, un hombre se levanta, cruza la puerta del templo y baja a la Farmacopea; se dirige a uno de los casilleros y usa en sí mismo la sustancia según el modo y la medida que le avise su corazón o su cálculo o sus sueños. Todo el mundo sabe que algunas veces alguien ha regresado del subterráneo con una luz en los ojos nunca vista.
Una compañía de hombres bondadosos baja una o dos veces por semana a retirar a los que no pueden moverse y a los muertos.
