La pregunta con que acababa mi post anterior no quería ser retórica. De verdad me pregunto si existirá algún dispositivo que sirva para salvar la soledad de la conciencia.
Existe un abismo de vacío entre el sujeto y los objetos. Una diferencia gramatical que se corresponde con una barrera ontológica, sólo que en la gramática del ser los pronombres no son intercambiables. Nadie puede decir yo más que yo; en el lugar del sujeto se encuentra siempre una conciencia a solas, un fuego. Me imagino que otros viven, lo sé. Eso son dos operaciones mentales. La conciencia arde.
El amor es capaz de abolir esa distancia, todos lo sabemos; pero yo estoy pensando en un artefacto. ¿Es la escritura ese dispositivo? No lo sé. Hace años me encontré una frase de Jorge Semprún que decía, al hilo de su relato del campo de concentración, que la verdad esencial de la experiencia no era transmisible, excepto —él hacía esta salvedad— por medio de la escritura literaria. La primera parte de la frase me abrió los ojos desde entonces hasta hoy sobre algo que desconocía pero que ya me pesaba. La verdad de la segunda parte de la frase aún no la he decidido. Lo que sí creo —lo que pensé la otra tarde y las siguientes en el parque— es que la escritura sirve para enjuagar esa ausencia. La escritura alcanza a mostrar el hueco que media entre vivir y ver vivir. Al menos, pienso, la literatura proporciona ese consuelo y concede esa posibilidad de comprensión.
[En el parque I]
[Jorge Semprún, La escritura o la vida (Tusquets).]

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