Es domingo por la noche. Las ventanas de Madrid empiezan a alumbrarse una tras otra porque mañana por la mañana hay que ir al trabajo. Es obligatorio cruzar la línea esta noche y entrar a tiempo en casa.
Las ventanas encendidas sobre las siluetas oscuras de los edificios. En el interior de cada luz las calefacciones se ponen en marcha, se calienta la cena, se guarda o se saca la ropa de los armarios. Hay quien baña a los niños pequeños.
El viento anda en la calle y hace frío. Se enciende otra ventana, otra.
Las puertas de la ciudad medieval se cerraban al caer la noche. Dentro de las murallas el pueblo dormido y volutas de humo; afuera el campo abierto, la boca del lobo y la soledad extraña. Si por ventura arribaba a deshora un rezagado, debía permanecer fuera de la línea de las murallas, a ver llegar la escarcha. Quien esta noche no se meta a tiempo en casa y encienda una luz se quedará fuera, al otro lado, mirando pasar la noche, contemplando la sombra espesa de los muros de la ciudad en las tinieblas.

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