El hombre contemporáneo ya no tiene fe; en su lugar, tiene confianza. Sin embargo, debería notar que el salto de la fe a la confianza es, etimológicamente, chiquitísimo.
Mes: junio 2006
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Tareas domésticas
En todos los rincones del piso ha escrito plegarias. Cortitas, con un lápiz. En el rincón donde friega los platos, en donde tiende la ropa, donde crece la planta en una maceta, donde se corta las uñas, sobre el agujero por el que se colaban las hormigas, junto a la almohada, en el ordenador y en el router. Así la planta no pierde las hojas, no se caen los calcetines al patio, sueña bien, la comida está rica y la conexión funciona. Ella cree que es por eso. Me las ha ido enseñando según recorríamos la casa, y ahora está escribiendo una que va a plegar con cuidado para meterla debajo del salvamanteles de modo que la comida me sepa bien.
Le miro las mejillas mientras escribe, concentrada, con la cara inclinada sobre la mesa.
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El lago
Un rey melancólico mandó construir un lago que fuese figura de la vida, en un capricho de su melancolía. Aparejó aquí y allá algunas pequeñas islas de felicidad o de placer en correspondencia con su idea del mundo por entonces; pero en lo demás dispuso orillas elegantes y tristes, hondas aguas frías cruzadas por barcas lentas, arcos esbeltos y bosques tupidos que se contemplaban desde lejos. No había ni patos ni cascadas.
El rey supervisaba las obras desde la orilla, sentado en un escabel. Urgía a los ingenieros, imprecaba a los aprendices, hacía gestos con la cara y mandaba rehacer minuciosamente esto o lo otro que no acababa de parecerse a su voluntad; hasta que al cabo del tiempo otros asuntos del reino lo obligaron a apartarse de allí y seguir el proyecto desde palacio.
Alrededor del lago se fueron construyendo arroyos sonoros, pabelloncitos de hierro y cristal, praderas llanas y embarcaderos donde decir adiós, aunque entre tanto las directrices del rey se hacían cada vez más imprecisas y su atención más lejana. Se metió en batallas y las ganó; comerció, tomó esposa, acreció el reino y su familia. Fundó un hospital de caridad, dragó los puertos, reparó los caminos y armó una flota; a todo lo cual la obra ociosa del lago fue yendo al olvido, preterida por otras urgencias, esto es, por el curso de la vida, ya que el rey se había vuelto del humor de una persona normal.
Pasaron los años y la fortuna giró de nuevo. Una mañana el rey mandó que lo dejaran estar solo. Enmudecido, no sabiendo adónde ir, anduvo hacia el antiguo lago. Ató su caballo al bolardo de un muelle, subió a una batea cubierta de hojas y se fue empujando él mismo la pértiga por los canales verdisecos, como si navegara una ruina salida de su propia memoria, una tristeza hecha a partes de lo desmoronado y de lo que nunca había sido.
Desembarcó en una orilla y se sentó a mirar. Era una islita minúscula, plantada con cipreses. En el centro se levantaban unas paredes de ladrillo rojo por las que crecía la madreselva. Vio una plomada colgando de un bramante y en el suelo las jambas podridas de una puerta. Vio un zurrón abandonado entre la hierba, que casi le hizo llorar. Estaba solo. En el cielo volaban unos pájaros. El rey miró hacia el agua del lago y pensó que antes que un rey era un hombre y que todos los hombres construyen con aire. Una frase que había leído hacía tiempo, varias veces, en este mundo donde todo se repite y se olvida, y se repite.
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Consejos para viajar en metro
Uno de los túneles del metro de Madrid está armado de paneles estancos y por completo inundado de agua a presión. Los usuarios de ese trayecto se quedan en bañador (es preceptivo), con la ropa y los objetos de bolsillo en una bolsa de plástico desechable. El viajero sale disparado hacia su destino con los ojos abiertos, en el seno de la corriente azul, contemplando las trabajadas pinturas de las paredes, donde se representan planicies acuáticas, hombres y mujeres pez, mitologías submarinas, coronas de flores de agua, hipocampos, una fiesta de atlantes, esas cosas.
El viajero va dejándose llevar entre dos aguas. Lo propio es hacer el trayecto en apnea, lo cual te transporta en un estado semejante al sueño, aunque la mayoría toma aire de una botellita con boquilla.
Como es lógico, la vuelta se hace por otro túnel donde el agua circula en sentido inverso. Es una auténtica lástima que comodidades como esta no se hayan divulgado más entre el común de los viajeros.
