Ya digo, estoy ordenando mi casa. Doy con una caja de cartón donde guardaba algunos recuerdos; la abro y veo que son desperdicios, detritos.
O no. Si pongo la mirada distintamente sobre cada uno, empiezan a hablar y comprendo que son valiosos. Pero es fácil revertir el punto de vista: y así, con imparcialidad, mis recuerdos son iguales que esos trastos que guardan los ancianos que ha muerto. Dentro de muchos años alguien los contemplará sin conocimiento y pensará «para qué guardaría el hombre estas mierdas».
Lo que les da sentido a mis cosas es el orden transitorio de mi existencia. Ellas no valen nada de modo absoluto porque no lo valgo yo. Nuestro valor es de uso, como la palabra o la moneda; como los marcos alemanes de la República de Weimar o las metáforas del pueblo hitita.
Sabido esto, pienso en tirar la caja y quedarme limpio de compasión e ideas vanas. Es un razonamiento correcto; pero yo vuelvo a guardar la caja en su sitio. Saber que no valgo nada es una cosa; vivir de acuerdo con ese conocimiento es otra. Puedo alternar la mirada sobre mis recuerdos, adentro y afuera, pero no tiene sentido vivirse desde afuera. Igual que a quienes quiero, a mí me quiero sin precio, nunca por lo que valgo.
[Decía Unamuno: «Como no llegue a perder la cabeza, o mejor aún que la cabeza, el corazón, yo no dimito de la vida; se me destituirá de ella» (Del sentimiento trágico de la vida, en Alianza).]
[Dice el DRAE: «Detrito: 1. m. Resultado de la descomposición de una masa sólida en partículas». Me parece que esta vez he escogido bien la palabra.]

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