La pulsión por escribir, esto es, por decir lo propio, está en la naturaleza del ser humano, como el amor o la música, de ahí que atraiga a tantos. Ahora bien, en muchos este impulso se cumple de una manera morbosa. Se entiende como una vía mágica hacia otra vida: escribir eso, dar con las palabras justas, transmutará una vida imperfecta en el oro de una vida superior.
Y no les falta razón, ya que se ven ejemplos a diario en los periódicos. Tal persona ha escrito un solo libro —un libro que además no es nada del otro mundo— y se ha vuelto rica y requerida. Por otro lado, el medio es desesperantemente simple: una serie de frases, una larga hilera de palabras, que, puestas en el orden correcto, funcionan. Todos conocemos las palabras: acierta cuáles son y en qué orden, y está hecho. Ni siquiera es necesaria una novela fatigosa. Tres versos divinos bastan para que tu nombre perdure en la memoria de la especie.
El tren subterráneo lleva un rato parado entre dos estaciones. Yo no me he traído ni un papelito para leer, ni tampoco mi lápiz de escribir. A solas en el vagón, sin nada que mirar, me aburro. En este mismo momento vacío podría abrir la puerta de piedra: tomar mi teléfono, teclear con los pulgares un mensaje corto y guardarlo. Escribir, por ejemplo, como tuvieron que morir las rosas y Aristóteles.
Si la cueva de Alí Babá se encontrase notoriamente en el centro de Madrid, qué multitudes se juntarían ante la puerta; se sucederían los que prueban frases, y frases y frases; un murmullo de codicia y esperanza se elevaría sobre esa parte de la ciudad, audible desde lejos.

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