Una vez leí una frase que de vez en cuando me vuelve a la memoria, sobre todo en las malas rachas. La dijo Issa, un poeta japonés del XVII; yo me la encontré en una antología de jaikus. El editor de la antología, Antonio Cabezas García, lo cuenta inmejorablemente, así que copio lo que escribe:
Issa
Poeta sin maestros ni discípulos, llevó una vida de pobreza e infortunios. A sus cincuenta años, después de recibir su parte de herencia tras un larguísimo proceso, se casó, para ver morir en los diez años siguientes a su esposa y a sus cuatro hijos. Se casó de nuevo a los sesenta y dos, pero este segundo matrimonio terminó en divorcio a los pocos meses. Algo después se casó por tercera vez, y de nuevo le asaltó la desgracia: su casa se incendió y tuvo que pasar los últimos cinco meses de su vida en un almacén con piso de tierra. Comentó: «Las pulgas se han salvado del incendio, y han venido a refugiarse aquí conmigo».
Un poco más adelante dice el editor: «Issa posee un amor hacia las cosas pequeñas digno de San Francisco de Asís. Sólo que no predicó a los pajarillos sino que éstos le predicaron a él»; pero la información no te coge por sorpresa. Bastaba con aquella sola frase para darse cuenta de que un hombre con semejante humor heroico debía de ser una especie de santo. Por cierto: buscando esta anécdota en el libro, vi que en la página de respeto yo había copiado a lápiz uno de los poemas, y eso no lo recordaba. Es de Sógui, del siglo XV, y dice así:
Lirios, pensad
que se halla de viaje
el que os mira.
Yo cabeceo, asintiendo. Es asombroso. No me extraña que lo copiase ahí, tan fresco como el día que lo leí por primera vez.
[Jaikus inmortales, Hiperión. Selección, traducción y prólogo de Antonio Cabezas García.]

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