Otra ley natural

Cuando era estudiante no siempre tuve un domilicio fijo en la ciudad donde estudiaba. Esas temporadas dormía en pensiones, comía por ahí. Pasaba mucho tiempo solo. Recuerdo que una vez, en un bar, acababa de terminarme el menú del día y tenía un hambre terrible. Cerca de mí había un señor pulcro y antiguo que había comido lo suyo con orden y pausa. Terminó, alineó las miguitas sobre el mantel y se quedó esperando muy bien, con esa soltura natural con que esperan los solitarios. Al cabo de un rato, cuando el camarero pasó por su lado, el hombre le preguntó muy educadamente si sería posible trocar el café que figuraba en el menú por una pieza de fruta sin que variase el precio. ¿Una naranja? Una naranja. Del hombre de la naranja y de otros que he olvidado se formó por aquella época mi imagen ideal de la tristeza: un hombre mayor comiendo solo en la mesa de un bar. Veinte años después, a veces me sucede que estoy solo comiendo en los bares, y no es tan malo. Ojalá haya descubierto una ley de la naturaleza, una ley que diga, por ejemplo: «Cuando llega lo que más temías al final no era tan malo». Aunque no creo.


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