Días

Esta tarde, al salir de trabajar, me he topado con un africano alto y delgado, vestido con una chilaba gris perla. Llevaba a caballo sobre los hombros a una niña de tres o cuatro años, de piel más clara, despeinada y con sandalias como una niña del tiempo de Jesucristo. La niña iba dormida, con su cabeza apoyada sobre la cabeza del hombre. Hace solamente tres mañanas veía brillar como lluvia de diamantes bajo la luz del sol a los peces minúsculos dentro del agua silenciosa, de ese delicado azul que se llama, con toda propiedad, azul aguamarina. Y luego, por la noche, la luna creciente, terrible en el cielo, blanqueando las piedras de un camino, irguiendo sobre sus pies solitarios a los árboles. Estas cosas han sido mi felicidad y mi asombro.


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