diciembre 2007   (6 post)

Encuentros

Quedo con una amiga a la que no veo desde hace años, llenos de peripecias y de cambios, y lo que más me sorprende es que nada ha cambiado.

La razón es que los dos perseveramos, a través de los años, en una profundísima inocencia. Se me ocurre de vuelta a casa, intrigado y alegre.

Una bestia o un dios

Todo el mundo conoce esa sentencia de Aristóteles, de la Política: «El hombre es un animal social», algo que sabe cualquiera sin necesidad de leer a Aristóteles. Pero que sigue así: «...y que el insocial por naturaleza y no por azar es o un ser inferior o un ser superior al hombre»; o, como repite muy bellamente unas líneas después: «Y el que no puede vivir en comunidad, o no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la ciudad, sino una bestia o un dios».

Mi interés por esa frase no ha sido político o filosófico, sino personal. Siempre he tenido problemas de relación con cualquier comunidad (parece cosa de fábrica), que me llevaban a vagar entre la melancolía y la soberbia. Me acuerdo bien de la primera vez que la leí porque va asociada a uno de mis pequeños hitos de madurez personales, parecidos a las fijaciones que colocan los escaladores cada cierto espacio para asegurar las cuerdas. Me puso enfrente de mi propia confusión: en el brete de escoger, me di cuenta de que yo no quería ser ni lo uno ni lo otro; a mi manera, pero en cualquier caso un hombre. Ni bestia, ni dios; un hombre.

A partir de ahí he seguido refunfuñando, por supuesto; pero desde entonces refunfuño desde dentro. Fuera no hay nada para mí.

Primer al margen

Bueno, tenía que cambiar la apariencia del blog algún día; como ese día nunca llegaba, al final lo he sacado tal cual, con tal que salga de una vez. A ver si lo termino pronto.

Iba a dar ahora la razón de esta columna que he puesto aquí: pero se me ha ocurrido que si no explica ella sola su función según se vaya llenando, mala cosa.

Otro principio

Avellanoide

Avellana: su cuaderno de viaje VIII

Historia natural. Las plantas pueden permanecer incólumes en mitad del cruel invierno porque se dejan traspasar de parte a parte por el frío, sin ofrecer resistencia. En lo más profundo de la planta hay una menuda médula, clausurada al exterior, donde la vida de la planta se recoge durante la estación. Sin embargo, puede ocurrir que en un instante extremo de frío innatural o por un momento de distracción o debilidad de la planta, el frío penetre también ahí, hasta la misma médula, y le apague todo calor, y entonces la planta muere, o, mejor dicho, cuando llega el tiempo propicio no revive.

 

Desde que nacen tiene esta virtud: les enseñas la semilla y ven la forma del árbol. Con ese método los escogen, muy jóvenes.

 

Los ebutos tienen un idioma para la felicidad y otro para el resto de las cosas. No solo los asuntos a que se refiere son felices; también les da placer hablarlo.

 

En todo el país se ha prohibido recordar a los barcos.

 

[Avellana: su cuaderno de viaje VII]

Una historia extraña

Hoy se me ha ocurrido una historia extraña. Se trata de un hombre que sufre una vuelta de la fortuna y que sobrevive agarrándose al pensamiento de las cosas que aún conserva. Después le llega otra derrota, otro fracaso, y otra ruina, y otra, y él se encierra sucesivamente en su cadena de renuncias, cada vez más inerme y zarandeado, acercándose a los ojos lo que todavía le queda: la salud a medias, el abrigo de lana, el cielo despejado, su mala vista, la habitación en que se guarda del invierno, un insecto al otro lado del cristal, esas cosas.

El quid del asunto consiste en contrar esta caída por una escalera de miseria como si el hombre fuese crecientemente un héroe.

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