abril 2009   (2 post)

Presas

Vida de prisionera en España. Diecisiete reclusas hablan desde la calle, titula hoy la portada de El País. Lo que me hace pensar, contemplando el hundimiento del periódico que un día fue un proyecto ilustrado, que la estupidez comienza y acaba en el mismo sitio: en no llamar a las cosas por su nombre.

prisionero, ra.
1. m. y f. Militar u otra persona que en campaña cae en poder del enemigo.2. m. y f. Persona que está presa, generalmente por causas que no son delito.
3. m. y f. Persona que está dominada por un afecto o pasión.
(DRAE)

Abril

En mi vagón del metro va una pareja hermosa, de treinta y muchos. Llevan un cochecito de niño con su niño dentro, redondo y blanco como un pan. Los dos lo miran con un aire maravillado, como si se lo hubiesen encontrado en el bosque hace un rato.

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Le dan el Pritzker al arquitecto Peter Zumthor y dice la crónica que él suele repetir una frase de William Carlos Williams: «No hay ideas más que en las cosas». Me topo con ese deslumbre y es como si me fuese a caer de culo. Cuatro días después, sigo sin saber razonada, exactamente por qué. Pasa lo mismo con los amores, me digo, y la demora de la razón no es ningún problema sino un aliciente.

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Hablando de amores, estaba pensando que uno puede decir de una mujer, con verdad: «Incluso este dolor de ahora es mejor que no haberla tenido nunca». Y al formularlo me doy cuenta de que es una cosa tremenda, altísima. Lo que vale una mujer y lo que vale un amor. Y sigo ahí sentado con la idea entre las manos, en una cafetería, sintiendo ese poco de vergüenza del ingenuo que descubre, ¡a estas alturas!, algo que debería haber sabido mucho antes.

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Hace cosa de un mes y pico iba yo a la hora de comer por una callecita antigua del centro y pasé al lado de una floristería. Como es costumbre, habían sacado las plantas de la tienda a la acera. En una maceta había un almendro joven, en equilibrio, delicadamente florecido. Me paré a mirarlo bien, me leí la etiqueta, lo olisqueé y me aparté. Entonces apareció una mujer e hizo justo lo mismo que yo había hecho: se paró delante del árbol, lo remiró arriba y abajo, se leyó la etiqueta y se alejó un poco para contemplarlo con perspectiva, mientras yo la miraba hacer a ella. Cuando terminó, se volvió hacia mí y me dijo, con todo sentimiento: «Qué hermosura, por Dios». Yo le sonreí con toda la simpatía de mi corazón y le contesté, «sí», y los dos seguimos nuestro camino.

Ayer volví a pasar por delante de la floristería y ya no estaba el árbol. Había rosales, verbenas, francesillas, plantas florecidas y sin flores, con un olor riquísimo de fronda mojada, pero no el árbol. El caso es que ayer me acordé de aquel encuentro y me entraron ganas de contarlo, ayer que no había árbol y la calle estaba vacía.

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