enero 2010   (1 post)

A propósito del pez plátano

En su día yo me leí los Nueve cuentos con arrobo y una impresión perdurable y profunda. Yo hubiera querido escribir completamente a la manera de J. D. Salinger, yo hubiera querido escribir, y eso duró años. La otra noche me enteré por el periódico de que Salinger acababa de morirse y terminé poniéndome triste, no sé por qué.

Porque nunca tuve curiosidad alguna por la persona de Salinger; y he aquí, de una parte, aquel hombre remoto, invisible, que parece haber muerto suficientemente viejo, y de esta otra parte su obra, o, mejor, este íntimo eco de su obra.

En otro tiempo yo hubiera explicado esa tensión apelando así o asá a la trascendencia del arte, pero ahora no. Me he hecho el siguiente razonamiento: el acto de narrar sería trascendental con que un solo cuentista contase el caso de su muerte. Y puesto que no es así, al lado de la vida todas esas cosas son un asunto menor. Se ha muerto un hombre, uno.

Después de eso me he vuelto a leer, entre casa y el metro, El hombre que ríe y Para Esmé, con amor y sordidez, y me han producido emoción, un punzante pesar y un hondo, sincero agradecimiento.

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