febrero 2011   (1 post)

El mapa

Junto a las murallas de Troya, Héctor se despide de su mujer y de su hijo, un niño que aún no habla. Héctor va a besarlo, pero él se asusta de su padre, terriblemente vestido para la batalla. Es un detalle delicado, tierno y raro en medio del estruendo de bronce de la Ilíada. Recuerdo bien cómo lo señalé en mi memoria. Pensé que era algo mío; luego crecí y supe que muchos otros habían pensado lo mismo.

En mi mapa del mundo, como un portulano medieval, al llegar a la Ilíada hay una marca muy grande, y en el canto VI se ve el dibujo de un casco empenachado, un escudo, una mujer y un niño. Mi mapa del mundo unas veces coincide con el de otros, a veces no. Hay desiertos en blanco donde se esperaría una reunión de monumentos y, en cambio, una esquina cualquiera de un arrabal del mundo se hipertrofia.

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Está la azotea despintada donde ondea al viento la ropa tendida; esos planos de Manhattan donde Woody Allen mira cómo Mariel Hemingway se peina, en el portal de su casa; una columna en la última página de El Norte de Castilla, hace muchos años; un tiesto pequeño con un cerezo dentro; El Hacedor, de Borges; el coche rojo que se compró mi padre; un embarcadero de madera en una playa; un cuadro de Hammershoi; la entera ciudad de Venecia; una mañana en un piso del Rastro; una poza de agua que ha dejado la bajamar entre dos rocas; Brahms; los primeros compases de una canción; sobres de azúcar dentro de un bolso viejo; la calavera de un animalillo bajo la tierra de un jardín, al pie de los árboles. En el mapa hay pintados dragones y monstruos.

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El mapa, por lo que veo, está hecho de tiempo y sitios, no de sitios solos. El camino entra y sale del espacio y la memoria.

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Yo soy un sentimental agradecido. Fiel, con terquedad, a lo que una vez fue. Es duro admitir impasiblemente que lo que ha sido ya no es, pues concede que tampoco existe lo que está siendo ahora.

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Como el hombre salvaje, el niño vive en un presente perpetuo que se repite en ciclos. Lo que se aprende al envejecer es la Historia. Lo que parecía perdurable resulta ser sólo un largo hábito. Las tramas, las situaciones, una familia, las personas que tienen un rostro y una voz salen del escenario y van a disolverse en el recuerdo. Si acaso, retornan en la oscuridad del sueño.

Bajo la ducha, me acordé a medias de algo muy lejano, en otra ciudad y otro tiempo. Pensaba: a veces no sé si mi vida la he soñado o la he vivido.

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Un día escribí que una ciudad es un hábito. Pero todo es un hábito, si uno espera lo bastante. Hasta la física.

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Según se alarga la vida, según se acumulan las peripecias, las personas, los sitios y las tramas, el cuento de la vida se fractura. Sin unidad de acción, ni de escenario, ni de tiempo, perdida la unidad de intención, si es que la hubo, la vida se va volviendo una cosa más y más inarticulada, y por tanto, crecientemente incomprensible.

Lo cual no comporta la infelicidad. Creo que se trata de vivir por partes. Recuerdo que una amiga me describió un ejercicio actoral, en un curso de iniciación al teatro: caminar a ciegas por el escenario, fiándose de la mano del profesor en el hombro. A algo así me refiero. A vivir sin saber. La mano en el hombro es la vaga experiencia.

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El camino entra y sale del espacio y la memoria: puede que en la vida real uno vuelva a un sitio y no haya nada semejante al dibujo del mapa. Todo ha cambiado, excepto yo. Pero en lo que toca al sentimiento de la vida, esto es, en lo que toca a su valor, será mejor que uno se ate, como Ulises, a su voz interna, sin atender a las otras; la que dice: «Lo que una vez fue, será para siempre».

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