abril 2011   (1 post)

Citas

Ocurre a veces que uno entra en una habitación vacía y nota, intensamente, que algo acaba de pasar, no se sabe qué; algo que acaba de haber y que se desvanece ante los ojos en el aire invisible, ahí donde no hay nada.

Por Azúa, fui a ver una exposición de las fotografías de Henri Lartigue. Muchas parecen la repetición incansable de un propósito: retener el instante, fijar el salto, levantar acta de un soplo, parar la vida al vuelo. No conforme, Lartigue rellenaba cuadernos, hojas sueltas y álbumes donde prendía imágenes y anotaba los días también con palabras.

Muchos años después, en las fotos de Lartigue yo he encontrado olas que rompen al sol de la mañana, jóvenes detenidas y hermosas, amigos, novias, juegos y juguetes. Una bella vida que fue. No la vida, esta que es. Y sin embargo, la sensación feliz de su inminencia, la gracia de la vida que acaba de irse. Algo que quizá, se me ocurre, sea lo máximo a que pueda aspirarse con los medios del arte.

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Yo también soy muy dado a guardar imágenes y tomar notas. Un día anoté, por cierto, esto:

Por entonces Antonioni también solía usar una Polaroid. Recuerdo que en el curso de una localización de exteriores en Uzbekistán donde queríamos rodar un film —que finalmente no hicimos— regaló a tres ancianos musulmanes las fotos que les había tomado. El más viejo, nada más verlas se las devolvió con estas palabras: «¿Qué hay de bueno en parar el tiempo?»

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Esta agudísima frase de Banksy: «Todos los artistas están dispuestos a sufrir por su trabajo; pero ¿por qué tan pocos están dispuestos a aprender a dibujar?».

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Cuando encontré su tumba en el cementerio de Montparnasse, al leer su nombre en la lápida junto al de Simone, me puse a llorar. No de pena, desde luego, aunque tanto echo de menos a ambos cada vez que vuelvo a París y recuerdo nuestras cenas en la calle del Odeon, las charlas interminables y las risas. ¿Cómo podría lamentarme por ellos, cuando tanto les admiré y tanto enriquecieron generosamente mi juventud? No, supongo que lloré de gratitud y sobre todo de asombro. El asombro porque los que aún estamos ya no estamos del todo y de que aún siguen estando los que ya no están.

Fernando Savater en El País, recordando a Cioran.

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No hay un Borges menor. En una breve reseña, entonces dice: «... una tristeza de atardecer en la llanura, de ríos barrosos, de recuerdos inútiles y precisos». Es verdad; qué gran tristeza.

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La semana pasada, a la entrada del Puente de Toledo: «Es mi madre, ya; pero a veces me entran unas ganas de darle un collejón...». Se lo iba diciendo una mujer a otra.

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El otro día estuve hojeando cuadernos antiguos. Escribí titulares de periódico, pormenores del día, sueños, cifras, dibujos, fechas, versos, todo mezclado sin criterio. Algunos apuntes, tan olvidados, me sorprenden como si los hubiese escrito otro. Pasé una tarde muy agradable de visita en casa de una amiga enferma, que me dio mandarinas; aquella misma noche, al ir a apagar la lámpara de mi mesilla, mi mano me rozó la cara y me devolvió, en la oscuridad, el olor dulce de las mandarinas.

Un taxista recoge a una señora en Diego de León. La señora se sube al taxi y pide que la lleve a tal calle; que cuando lleguen a Cuatro Caminos ya le indicará ella. Llegados allí, el taxista se vuelve para preguntar, pero la señora ha muerto.

«El mundo me trata injustamente o yo no entiendo lo que quiere decirme», anoto (¡con ironía!). Anoto que mi novia trae la piel morena de las vacaciones y lleva un vestido dorado y verde. Una adivinanza (en Marruecos): estás dentro de una cosa pero no puedes entrar en ella. Una anciana, en una droguería, me explica que la vida tiene un límite.

Son cosas de mi vida. Mi vida, y sin embargo intrigante y bella, mi pequeña vida.

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A punto de terminar este post, Elvira me envía una cita de Sábato, que acaba de morir en Argentina:

Y sin embargo el hombre carece hoy, como nunca quizá, de un ámbito mítico-poético que ampare la existencia. No me estoy refiriendo a «ideas», sino más bien a un cuenco para llenar de vida; una trama donde ir sembrando la existencia, manifestándola.

Una trama, decía yo.

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