diciembre 2011   (1 post)

Fin de año

Al final de la playa hay un espigón que construyeron hace años, antes de que yo naciera. El espigón acaba en unos escalones que se pierden bajo el agua. Ahí me he sentado, al atardecer. La mar está un poco picada, las olas oscuras; sopla un viento acre. La luz es acero y malva. Por estas fechas cae pronto la noche.

Contemplo el mar, las nubes y el cielo con la atención puesta en otra cosa; por debajo, mis pensamientos van y vienen, se arremolinan y se rompen. Intentan tomar una decisión sobre el mundo.

Falta muy poco para que termine el año. El negro mar de invierno infunde miedo. A esta hora, esta ciudad, más allá de la playa a mis espaldas, está llena de personas con sus circunstancias y sus tareas. Asciende el vapor de las cacerolas, arriban trenes que vuelven a casa, las madres desenredan el pelo de sus hijas, los amantes se citan para después de la fiesta, los cristales de las ventanas se empañan. Alguien solo pasea a su perro por un descampado. Explotan petardos. Me contaba una amiga que cada vez que visita a su madre y ve su cara de reconocimiento, respira con alivio. También puedo hablar de una mujer que está en el hospital, un hombre joven sin esposa, y otra gente rota y dolida.

Los pensamientos van de una cosa a otra. Es como si mi punto de vista se fuese elevando poco a poco por encima de la bahía entera, los nubarrones, el cuenco de luces que forma la ciudad, las cabezas atareadas de las personas allá abajo. Me doy cuenta de que, inconscientemente, trato de hacerle un veredicto al mundo. A lo lejos, sobre el cielo crepuscular, una estrella azulina brilla igual que la lucecita de Navidad que cuelga sobre la carretera.

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