Un verano en el norte

A la hora del atardecer, veo a un hombre inmensamente solo en una playa sin fin, de pie en la orilla. Allá en la distancia, alguna pareja, gente con niños. Él, solo; tan solo que lo fotografío. ¿Y tú, Juan, no estás igual? ¡Ah, no! —me digo—: yo estoy haciendo la fotografía.

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Pienso en una literatura que sólo tiene dos temas: o el amor, o el ser. De pronto se me ocurre que los dos son el mismo. Se me ocurre naturalmente, como la ruda sospecha de una fiera: lo venteo, no alcanzo a verlo. ¡Si fuese más lúcido, si hubiese leído más! Pero tengo que conformarme con rondar entre la niebla.

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Los periódicos españoles que cuentan la ruina del país son ellos mismos ruina: fútiles, enfáticos, repletos de gramática bárbara y frases chapuceras, chillando cada uno en favor de su amo. Si informasen de que España florece, igualmente comprenderíamos que yace en la ruina.

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Mi madre se interrumpe en mitad de una frase porque se da cuenta de que está a punto de repetir algo que su propia madre le repetía a ella. Se queda callada, abstraída; supongo que viendo a mi abuela en el recuerdo. «Todos somos iguales —dice al fin—. Es como un libro que ya te has leído».

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En el edificio de enfrente, a la sombra, el viento agita una toalla de playa roja y blanca que han colgado a secar. Lleva dibujado un perrito blanco con pintas negras que mira de lado. Debajo pone: «SO CUTE». El edificio de ladrillo, el viento frío, la habitación en penumbra al volver de la playa, las toallas baratas y las sábanas frescas: esas cosas serán parte del paraíso de algún hombre que ahora es un niño.


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