julio 2015   (1 post)

El pasado

En la antigua Mesopotamia, a falta de piedra o de madera, se construía con ladrillos de barro sin cocer. Como es un material desmoronadizo, las casas iban decayendo; al final las derruían, aplanaban los restos y allí mismo levantaban otra casa nueva con la misma técnica. La repetición de esta costumbre a lo largo de los años acabó por crear unos montículos, los tels, que hoy indican a los arqueologos dónde excavar.

Esa era la metáfora de mi biografía: cada parte de mi vida, una capa de experiencias trituradas, cimentadas, vagamente perdidas, una sobre la siguiente como escalones por los que se sube hasta hoy. Pero la imagen no es cierta. De vuelta en la ciudad en que crecí, veo que los restos del pasado perviven casi enteros en la oscuridad. Las cosas como fueron —o, mejor, como me fueron— guardadas en trasteros o en cajones, apenas rotas, al otro lado de una puerta vieja. Ahí sigue todo, igual que un juzgado memorioso capaz de conservar actas de afrentas antiguas, querellas minuciosas, aborrecimientos, cariños. Como el olor mohoso de las calles en cuesta, el gris del cielo pulverizado por la llovizna, ese acento de pescadores con el que oigo hablar a los niños, por nombrar algo más concreto.

El pasado es igual; yo no.

 

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