diciembre 2015   (1 post)

Fin de año

Otra vez he venido al final del espigón, sobre el mar. Hace sol y la mar está un poco picada; el viento salitroso me rocía de agua.

A últimos de año, quieto, de vuelta en la ciudad en que nací, la pregunta se forma sola: ¿qué es todo esto? ¿Qué es el mundo? Y me digo: eso de ahí es el mundo. Y yo. El mundo es eso que veo y yo también. De pronto esa noción me asombra, como si hubiese aprendido algo, no sé qué. El mundo somos eso y yo.

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Uno de mis primeros recuerdos de niño es en esa playa de allá, a mi derecha. Yo estaba metido en el agua y una chica joven me preguntó que cuántos años tenía. Y yo: «Hum... Eh... Pues tantos». Y a la chica le entra una risa muy alegre y me dice: «¿Pero te lo tienes que pensar?». Y yo, compungido: «Es que los he cumplido ayer».

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Preguntar por la naturaleza del mundo es como preguntar por su valor.

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Aprender es ampliar el espacio de lo posible. Eso suena bien; el conocimiento añade maravillas al museo del mundo. Pero el adulto sabe que del mismo modo sucede lo peor, lo cual también amplía la vista: uno aprende que es posible el espanto, y el día nuevo trae zozobra y miedo. Me imagino a un viajero al anochecer en la proa de un barco, los ojos llorosos por el viento del mar, la cara de frente al horizonte oscuro. Sin saber qué verá, si los monstruos del abismo o unas islas de oro.

Y sin embargo, navegamos, con terror y alegría. Nuestra vida tiene esa belleza.


Feliz año.

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