febrero 2016   (1 post)

El tiempo

Al principio había diecisiete cosas en el mundo y Dios se sentaba en medio a mirarlas.

Y en centro del Paraíso había un jardín con una extraña luz. Un día, uno de los Primeros Niños saltó la cerca de piedra y entró; se metió en la fuente a jugar con el agua que borbollaba y así se empapó de tiempo.

Según salía del jardín, el niño crecía hermosamente, el pelo espeso, esbeltos los brazos y las piernas. Al sentarse en el suelo posó la mano sobre una mata. El tronco de la mata se agigantó; se enramaron los tallos, brotaron las hojas apretadas, la copa inmensa se levantó a los cielos y rindió frutos.

Cuando los otros niños descubrieron al primero, vinieron a curiosearlo y lo toquetearon, fascinados, y enseguida empezaron a crecer también. Al dispersarse por el mundo, fueron contagiando todo lo que tocaban, los bichos, las herramientas, el agua, la hierba sobre la que dormían. Y el contagio pasó de una cosa a otra, de la lluvia a la tierra a los animales a las corrientes a las playas, hasta que todo en el mundo fue devenir (menos una isla pequeña).

Pero el tiempo no se quedó ahí, en darles a las cosas formas nuevas y llevarlas a su completitud y a su sazón. El tiempo, una vez desatado, no se puede volver a guardar. Siguió adelante y desgastó las formas, las multiplicó, las hizo decaer y morir. Y en el mismo lugar en que una cosa caía, otra surgía, a veces de esa misma materia pulverizada o mezclada con otras. Arena de lo que fueron acantilados, bosques norteños donde hubo hojas podridas, ríos secos, huesos calizos que habían sido un pájaro aéreo que había sido un óvalo blanco. Y así hasta que Dios vuelva y decida qué hacer.

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