febrero 2017   (1 post)

La cueva

Yo tenía claro cómo terminar el post de finales de enero. Se me ocurrió que podía enunciar unos pocos hechos simples para mostrar lo que vale la vida —una vida—, en tanto que es. Esa evidencia sencilla. Sin embargo, me quedé atascado en la enumeración: los hechos que escribía eran abstractos, insinceros o tópicos; así no había mostración que pudiese funcionar.

Lo dejé. Abrí un documento nuevo y según se me venían a la cabeza me puse a anotar cosas auténticas que hacían una vida; esto es, que me habían valido la pena a mí. Cuando las leí en lista comprendí lo que quería escribir y pude terminar el post.

Ahora, a finales de febrero, he vuelto a ver aquel documento, que llamé «Cosas de mi vida que han valido la pena». Me he encontrado una colección dulcísima, una especie de museo de bondades y ternuras diarias que me ha llenado de un amor indulgente por mi propia vida. «Cuando descubrí la música impresionista y me elevó tanto y me sentía inteligente y vivía solo»; «cuando mi abuela me preparaba sándwiches para llevarme al cine»; «cuando la gata era pequeña»: cosas de este estilo que no copio porque me da apuro, y porque solo le sirven al que las ha vivido.

Hay un sueño corriente en el que un hombre, digamos, sigue de pronto unas escaleras que bajan a un sótano o descubre una trampilla en el suelo de su propia casa y la abre y encuentra una habitación largamente clausurada, o una cueva, donde puede haber asombros, extrañezas, retratos, gente de otra época de la vida, maravillas. Y en el sueño uno se repite: «Pero esto ha estado aquí todo el tiempo, ¿y cómo es que no he entrado?».

Solo que esto es la vida; es mejor.

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