mayo 2017   (1 post)

El palacio hueco

Cuando escribió el Palacio, Sila Bismante era un hombre dulce que a lo largo de su vida había descubierto las tentaciones de la fantasía, de la guerra, del pensamiento, de la inacción y de la doctrina, y había caído en todas. Quiso refundar el mundo atizando el fuego de los hechos; más adelante se le ocurrió concebir su orden verdadero y sus errores; después decidió fijarlo en su esencia con el fuego líquido de la escritura.

Al fin, en la madurez, sosegado como un guijarro que ha pulido el tiempo, comprendió simultáneamente que la perfección del mundo y su asombro es que el mundo sea y que por ello no hay otra poesía verdadera que la ostensión, que él aplicó con infinita astucia.

Su poema supremo, el Palacio Orbicular del Emperador del Cielo, comienza con la presentación de la cabalgata imperial y sus elefantes engualdrapados, trompetas y laúdes, camellos con bridas de seda y plata y sus dos mil trescientos cortesanos, cuyos hechos y escudos de armas se detallan. El segundo canto se extiende sobre la vastedad del Palacio y su parque sin límites, sus plantíos y aguas, sus columnas de pórfido y oro y el detalle de sus porcelanas miniadas, vajillas de vidrio y animales mecánicos.

En los cantos siguientes se declara la genealogía del Emperador del Cielo y su nombradía; ya aparecen dragones, trasgos, guacamayos de oro que cantan sinfonías, una lluvia de hidromiel, una tormenta de zafiros, ninfas a la luz de la luna, herejes despellejados, ríos de lava, una batalla entre diablos y titanes, comida gratis, monos danzarines, perros que hablan, la epifanía de un dios terrible que silencia a una multitud empavorecida.

Los trazos de esta trama asfixiante se apretujan sobre el papel. Apenas unos pocos huecos en blanco perduran tras este enramarse tremebundo de historia, mito y arte.

Queda un descampado solitario hacia el final del parque, entre la carretera y el río, salpicado de avena vana que se dora bajo el sol de mayo. Hay una cuneta donde se mecen las espigas de gato y la grama, todavía verdes. En otra parte hay un soplo de brisa. Hay una sábana de percal blanca tendida en un patio.

La quietud sobre el canal de riego. Las voces de los vencejos. Una rosa amarilla en un vaso, en la penumbra. El delantal de algodón gris de una muchacha, mojado de agua. La felicidad del ser y su misterio.

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