agosto 2017   (2 post)

El verano y la arena

Hoy es el último día de agosto. Hace fresco; los días pasados ha llovido. El eterno verano parece un sueño.

*

Imagina que el verano permanece y somos nosotros los que nos hemos ido. Como un escenario que se queda vacío hasta el próximo año: las olas resonado huecas contra la playa desierta; una raja de sandía brillando en la penumbra sobre una mesa; las nubes por el cielo, la brisa que agita la tarde silenciosa; las chicharras en la noche oscura sonando solas.

*

Hace poco he sabido que hacia finales de agosto o principios de septiembre los hindúes celebran a Ganesha, dios de la sabiduría y los comienzos.

Al dios lo representan mediante un idolillo de barro sin cocer con cuerpo de hombre y cabeza de elefante cachazudo al que ofrendan comida y flores. Al cabo de una semana, así acaban las fiestas: toman la figura, la llevan hasta el mar, un estanque o un pozo y la echan al fondo; o la familia la mete en un cuenco de agua para que el barro se deshaga.

*

En mi pequeña mitología, cada verano de mi niñez es una experiencia fundacional. Un verano, la soledad. Otro, el sentido de la aventura. La desgracia, ciertos libros, las antiguas canciones desconocidas, el comienzo del amor.

Los veranos de la infancia construyen; los de la edad se lo llevan.

Después de comer, un niño echa la tarde en levantar un castillo de arena en la orilla tenazmente, generosamente, hasta que la marea lo sobrepasa. El niño se va; el agua cubre la arena, la deshace, alisa y pule. El sol se adulza. La orilla queda rasa, limpia, perfecta, con la añadidura de la obra que ha sido. ¿Quién saldrá a decir que una vida así no haya sido hermosa?

*

La noche que caen las estrellas yo pedí un deseo. Era un deseo noble, era bueno. Y por un momento, bajo la inmensa noche estrellada, sentí que todo lo que veía era bello, también dentro de mí.

Originales

En materia de imbecilidades, la originalidad es un agravante.

« julio 2017 | Inicio | septiembre 2017 »