octubre 2017   (1 post)

El último verano

Un martes a mediados de mes llegó por fin la lluvia. El verano había sido largo. Las plantas estaban más crecidas que nunca. Había brotado un árbol nuevo, esbelto, de hojas claras y ramas rojizas. Todo el verano hubo rosas.

La víspera, por la tarde, ya había empezado a chispear y hacía fresco. Dormí con una camiseta de manga larga. Al despertar, la mañana era oscura y caían goterones gruesos. Llovía sobre la mesa de madera de la terraza, sobre la hojarasca, sobre las colillas del cenicero. Llovía sobre las hojas oscuras de la zarzamora y sobre los tejados de enfrente. Llovía sobre los parquímetros, sobre los coches de la M-30, sobre el camino que va desde aquí hasta Santander, sobre la playa, sobre el jardín botánico, sobre los atardeceres, sobre la sierra, sobre los planes a medio hacer, sobre el pasado, sobre los sueños antiguos y los nuevos. Llovía el agua vivífica, fría y gris, y era como si llegase a su fin una edad del mundo. Como si estuviese doblando este tiempo para guardarlo en el cajón de la memoria, para siempre, con amorosa aceptación.

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