julio 2019   (1 post)

Las ciruelas

En una de las macetas de mi terraza apareció un arbolito, sobrevivió a las estaciones y a la destemplanza de los años y la primavera pasada, más alto que yo, floreció. Era un frutal, de flores blancas de nieve.

Este verano ha dado fruto. Unas ciruelas que he visto apretarse globosas en las ramas; ciruelas pequeñitas, verdirrojas.

Una tarde de julio de luz desorbitada se me ocurrió que igual era hora de cogerlas. Las fui echando en un balde con agua, para lavarlas. La primera que me comí era tersa, ácida y dulce, y la carne estaba aún tan caliente que me parecía en la boca el sol mismo de julio.

Una amiga que se iba a vivir al sur me pidió que le guardase por un tiempo una planta que no podía llevarse, una especie de cica de hojas muy verdes que ahí sigue, ya vieja. En esa maceta, años después, nació el ciruelo. Algún día, cuando volvamos a vernos, le contaré a aquella amiga esta historia, que para entonces ya habrá terminado. Porque tengo la sensación de que ahora la estoy contando in media res.

El agua del balde está tibia como el agua de bañar a un niño. Las ciruelas recién recogidas, estas brasas de sol, la han caldeado. No sé cómo han llegado aquí, por qué han nacido ciruelas en esta calle, en mi casa. No sé el final. No importa. En realidad, no me importa cómo acabe la vida; solo quiero que el juego dure.

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