Mes: abril 2020

  • La torre

    Por miedo a un antiguo oráculo, el hijo del rey ha crecido solo, confinado en lo más alto de la torre que se levanta junto a la inmensa explanada de la plaza de armas. Más allá del palacio se extiende el laberinto y alrededor del laberinto los célebres jardines. La voz de un preceptor que le habla desde detrás de un muro es la única presencia humana en la vida del príncipe.

    Siempre hay alguien abajo en la plaza, bajo el sol tumultuoso y en la quietud de la noche. Pero el príncipe apenas puede verla: el único ventanal lo ciega un sistema movedizo de celosías superpuestas que se entrecruzan para ocultar la mayor parte de la vista. A través de los huecos ajedrezados, el príncipe distingue aquí a un alabardero de la guardia, allí a los malabaristas, al vendedor de naranjas, a algunos súbditos que vienen y van a los asuntos de palacio, al aguador, el puesto de los adivinos o el pico de una montaña difuminada en la bruma azul, muy a lo lejos; cada cosa enmarcada en su rombo de luz, separada de las otras por los listones negros. Tampoco le llegan las voces.

    Desconoce el aspecto de la plaza, que para él es el mundo. La concibe majestuosa, conforme al rico orden de la vida. Al cabo de los años, ha dado en creer que las figuras que ve componen un sentido en un idioma de símbolos que él no puede comprender por culpa del estorbo de las celosías. Intenta conjugar las figuras en su orden correcto: los amigos que se encuentran, el doctor sobre un mulo, la riña de gatos, el letrero despintado, la lluvia, el contador de cuentos. El preceptor invisible siempre responde generosamente a la curiosidad del príncipe, excepto si se le pregunta por las celosías o la plaza, en cuyo caso solo hay silencio.

    Por fin, al final de un día como cualquier otro, la voz del preceptor anuncia antes de retirarse que con la primera luz de la mañana las celosías desaparecerán y ya nunca nada estorbará la vista. Esa noche, cuando consigue dormir, el príncipe se hunde en una pesadilla monstruosa. En su sueño el ventanal se abre a un espacio infinito; pero esa vertiginosa indefinición resulta aborrecible. En la plaza ciclópea, una muchedumbre incontable de personas deformes, animales y aparejos se entremezcla en un caos goliardesco, enloquecido.

    El alba delicada empieza a traspasar el ventanal desnudo. En el último soplo del sueño, el príncipe oye una voz de mujer que le dice: «Las celosías eran una gramática del mundo, como sospechabas. Ahora el lenguaje ha desaparecido. Pero el sentido sigue».

    Jamás ha oído una voz de mujer; he aquí el milagro. Cuando la luz le entreabre los párpados, a punto de despertar a su nueva vida, el príncipe piensa que suena como agua cayendo de un cántaro.