Imaginad un rey. Un rey de tiempos antiguos que se dirige en comitiva a la cueva de la sibila para consultar el oráculo. El hígado de la víctima ha asustado esta mañana a los arúspices que lo acompañan.
La sibila está sentada al fondo de la cueva, en penumbra, delante de un estanque circular profundo y verde. El brasero de bronce esparce un humo aromático. Es una mujer joven. El rey se le acerca solo, destocado y sin manto. De un caneco de barro ella le da a beber un líquido espeso de regusto marino.
El rey fija la mirada en la tiniebla del estanque y entonces le asalta la visión espantosa del final de su reino: murallas derruidas, incendios, abandono, columnas partidas entre la hierba, bramidos de dolor, cadáveres hinchados de animales y hombres por los campos.
Vuelve a su palacio trastabillando, con la mirada perdida. Desde la altura del capitolio se ve el ancho mar, al norte; hacia el sur, la ciudad, que es su maravilla y su obra. Algún día, se dice, esto que veo serán recuerdos de oro, resplandores de una edad feliz añorada en tiempos de oscuridad.
El mundo se le revela, mármol, azul y oro, sublime. A su espalda, sobre el mar, el cielo de la anochecida se dilata en capas de azul, desde el celeste pálido hasta el añil más puro. Brilla una estrella.
Feliz año.

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