Febrero

Por las tardes, dos luceros en el cielo violeta y después la fina curva de la luna. Como una notación del mundo en cuatro rasgos puros: una línea recta, el arco de la luna, dos puntos de luz sobre un plano infinito.

 

Al principio, el buey, aleph, se escribía dibujando la cabeza de un buey, su jeroglífico. La cabeza se resumió en pictograma y el pictograma en los tres escuetos trazos de la A. La M al principio fue el agua. Y así las demás letras del alfabeto: una casa, un camello, una puerta, una ventana, una mano, una rueda...

En el principio de cada letra hubo una cosa. Es sugestivo imaginar, por analogía, un abecedario de veintitantos objetos elementales con los que se puede organizar el universo.

 

De una entrevista de John Berger, hace años: «Imagínate que tienes que mover un montón de arena de aquí allí. Piensas con pesadumbre: «¿Cuándo terminaré esto?». Después hay un momento concreto en el que parece que la arena se pone de tu parte».

 

Jeroglífico significa ‘escritura sagrada’. Pero toda escritura nos es sagrada, en cierto modo.

 

«Este hombre en marcha sobre la tierra que gira (...) va también, como todos nosotros, caminando dentro de sí mismo» (Marguerite Yourcenar sobre Bashô).

 

Unos niños se pasan el día de playa recogiendo tesoros del suelo. Por la noche, en casa, la geometría de las conchas, las suaves piedras como huevos de pájaro, las cuentas de vidrio pulidas por la marea, terminan en una bolsa, encima de cualquier armario. ¿Qué queda de esos tesoros después de un mes, un año, una vida? Lo que los niños recogían, sin saberlo, era el sol, el salitre, el noble cansancio, la piel de sus primos, el difuso recuerdo de la alegría.

No niego que sean tesoros: por mi casa hay conchas, piedras y maderas de orillas y cunetas que he olvidado. Lo que quiero decir es si los hechos de una biografía no serán, a fin de cuentas, un medio más o menos útil o bello de estar vivo.

 

Estoy pensando en Bashô por aquella vieja historia de la libélula, que me ha vuelto a la cabeza. Un día, iba Bashô por un campo de arroz con su discípulo Kikaku cuando éste, al ver una libélula, compuso un poema:

Libélulas rojas.
Quítales las alas:
¡son pimientos!

Bashô le respondió: «No». Y compuso otro poema:

Pimientos.
Ponles dos alas:
¡son libélulas!

Ahí está todo.

 

 

[John Berger en El País
https://elpais.com/diario/2000/03/06/cultura/952297204_850215.html
Bashô va de camino
https://patriciadamiano.blogspot.com/2019/05/marguerite-
yourcenar-basho-va-de-camino.html
]

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