Siguiendo las indicaciones que cada vez nos alejaban más de la autovía, acabamos en una pequeña gasolinera en Tierra de Campos. Después de repostar, aparcamos a espaldas del edificio para comer un bocadillo sentados en el coche, con las puertas abiertas, en silencio.
Volví adentro a preguntar si había café. Lo hay, pero tiene que hacértelo el empleado. Era un señor amable y sosegado, con un suave acento sureño, andaluz o sudamericano. Me dice que esa máquina hace un café estupendo, mejor que el de muchos bares. Hablamos de café, que en la mayoría de los sitios no es muy bueno. Me cuenta que una vez trabajó en un hotel y que los clientes se quejaban del café; pero resultó que el problema estaba en el molinillo, que molía mal. Me apunto ese pequeño conocimiento.
Vuelvo al coche con mis dos vasos de cartón. No veo a A., que debe de estar en el baño. Ahí mismo, tras la línea de avena silvestre que bordea la gasolinera, comienzan los sembrados verdecidos. Hace sol; corre la brisa primaveral. La avena silvestre, crecida, esbelta, se mece a contraluz. Hay árboles frondosos alineados junto al río, nubes, amapolas, un par de silos de cereal, el vuelo de los pájaros. Nada estorba la vista del cielo.
Me dan ganas de volver adentro y preguntarle a este hombre cómo ha venido a acabar aquí. Aquí en mitad de Castilla. Si está a gusto.
Pero no lo hago, claro. Esas cosas no las hace uno.

Deja una respuesta