Un día de julio

Una familia se ha reunido para comer en una mesa larga bajo la sombra del emparrado del patio, en una casa de campo. Al otro lado del sendero polvoriento que lleva a la casa empieza el bosque. Cae la tarde; la sobremesa se alarga. Hay risas, se abre más vino. Las conversaciones se entrecruzan con historias de hace años, de niños que hoy han traído a comer a sus propios hijos.

Una brisa se levanta, cada vez más fuerte. Agita los cantuesos, remueve los rosales. Las voces se callan. Entonces un viento fragoroso recorre las copas de los árboles, que responden como un oleaje, estremecidas. Vuelan las servilletas, se alzan los manteles, se revuelve el pelo espeso de los niños. El mundo queda suspendido en lo alto de un momento de alegría. Hay en el aire una bellísima luz herida, la mejor luz del verano, que los adultos recordarán para siempre como un ocaso y los niños como un alba.


Comentarios

2 respuestas a «Un día de julio»

  1. Los adultos siempre al final de algo, los niños siempre en el comienzo, ¿verdad? Y Julio, el mes de Julio, que no fue invitada a ese hermoso relato y decidió presentarse en forma de viento….
    Son esos días los que se recuerdan, ¿verdad?

  2. Hola, Beauséant. Sí, esos días se recuerdan. Son ese punto de sutura casi invisible que hace que el tiempo no se acabe nunca aunque se acabe siempre. ¡Feliz agosto!

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