Los hisios, horda de nómadas, desconocen el mar y la escritura. Cuando entraron a caballo desde la estepa, hallaron un reino vacío, desolado seguramente por la plaga. No se veía un solo ser humano. Las palomas anidaban en las hornacinas; el ganado suelto pacía por los campos. Nada conmovió al khan —ni las plazas porticadas, ni las estatuas de alabastro, ni los canales navegables— como la biblioteca de palacio con su bóveda azul de estrellas de oro y las filas infinitas de libros coloridos. Comprendió de inmediato la sacralidad de aquel extraño lugar numinoso y lo dejó al cuidado de los sacerdotes, que tampoco sabían leer, pero rebosaban de intuición de lo sagrado.
Los libros de la biblioteca, por dentro, están cubiertos de ringleras de pequeños rasgos monótonos, repetidos con geometría y paciencia divinas. Son rebaños. Cada dibujo —cada letra— representa una oveja o una cabra del mundo real. Existe un vínculo místico entre el animal y su representación. Del cuidado de la biblioteca, por consiguiente, depende la prosperidad del país.
Pero a las puertas de la biblioteca un viejo bibliotecario trastornado por el don profético vocea su desviación a quien lo quiera oír. En un trance, dice, se le mostró que los libros contienen la realidad entera, como la conocen los dioses que han hecho el mundo. Dentro de los libros están las ovejas y las cabras, las plantas y las hierbas, los deseos, las telarañas, los caballos, los pastores, los amaneceres y ponientes, las hormigas y sus senderos, los pájaros variegados, el pasado y las posibilidades por venir. Todo, y una pradera azul de agua que rodea la tierra y respira con los vientos; aunque admite que esta última visión le fue dada, seguramente, como una metáfora de la otra vida.

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