La cuestión

La cuestión es que seguimos construyendo templos, pero ya no tenemos dioses.

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El otro día me encontré con que la manzana que estaba comiendo había germinado. El trocito de corazón que quedaba lo metí en tierra, sin ningún motivo, de modo que ahora en la sala hay dos brotes traslúcidos de manzano, más pequeños que un meñique, con hojas como de perejil. 

Ahí está, no sé por qué. Lo hago crecer por el mismo impulso interior que lo hace crecer a él.

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Para mucha gente, reconocer el mundo implica aprobarlo. Tú dices: «Mirad esto que vive» y alguien se ve obligado a contestar: «Sí, pero hay otras cosas que mueren». Ya. El caso es que yo no he venido a decir nada de eso. Yo no promociono el mundo. 

Igual que uno no puede poner una cosa sin que automáticamente esté en algún sitio, quizá no es posible decir una frase sin que vaya a insertarse en una conversación universal que ya venía discurriendo antes y que seguirá después.

Me pregunto si señalar con el dedo es una apología. Seguramente, cualquiera me responderá que sí. 

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Incluso en este tiempo liminar del año hay belleza en las cosas, en la haz de las cosas, en cómo les cae la luz. Las miro como un misterio. No es que digan algo que no yo no entienda; más bien son algo que yo no llego a alcanzar. 

El misterio del mundo es una hoja. Lo que se ve, eso que está afuera: el misterio es una luz.

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La cuestión es que no tenemos dioses pero seguimos construyendo templos.


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