Por lo que respecta a la vida, la parábola de Kafka es esencialmente verdadera: uno se despierta un buen día convertido en un insecto. O en lo que le toque. En una bolsa de plástico, un tronco gris de madera abandonado bajo la lluvia, un pelícano, etcétera. Pero Kafka, por pesimista, calla una cosa importante: también es verdad que un buen día uno se despierta con el placer de sumergirse en el agua y de echarse peces al buche, de secarse al sol y cuartearse, de dar vueltas hacia aquí y hacia allá arrastrado por el aire, etcétera.
Del cerezo florecido, a pleno sol, mana un bien del que no puedo apartar la vista. Como si se hubiese abierto un surtidor sobrenatural delante de mi casa.
Mi experiencia de escribir se parece a esto: me asomo a un pozo; doy voces y me responde el eco. Un día y otro día. Solamente podré escribir cuando el eco me devuelva algo distinto de lo que he dicho. Porque ese es el material de la escritura.
Y a veces sucede.
Viento del norte, del sur, del este, del oeste, del futuro.
Al caer la noche, el cerezo blanco parece el cielo estrellado. En algún lugar, el cerezo y el cielo son una misma cosa. Semejante intuición es como un buceador que sale del mar con una perla entre los dientes y entonces se despierta del sueño.
Cuando esté en el cielo
recordaré estos días.
Hay que perdonar al hombre que ha escrito esas dos líneas. No contienen ni una promesa ni un saber; solo la gratitud de un momento.

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