En verano, esta enorme ciudad despoblada tiene el aire de un sueño. Las calles vacías, el viento caliente, los semáforos a solas que se abren y se cierran. Así, es fácil ver aquello que no está, como si el espacio que dejan los cuerpos viniesen a ocuparlo los espíritus.
A mí se me aparece mucho el fantasma de lo que nunca llegó a ser. Vuelve, incordia, me estorba el sueño.
De noche, a lo lejos, se ven relámpagos sin ruido, quizá fuegos de fiestas lejanas.
Una noche, de madrugada, yo seguía despierto en la azotea, y en lo alto la luna de agosto. Entonces, por primera vez en muchos días fatigosos, se levantó un viento fresco que atravesó la casa. En el silencio, en la ciudad dormida, me llegó el viento de la noche, agradecido en la piel, iluminado por la luna. Las puertas y las ventanas estaban todas abiertas.
Antes de escribirlo, el poema ha ocurrido.
El poema es la sombra de otra cosa. De cómo es una cosa en el cielo de las cosas, por así decirlo.

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