Qué útil es una Constitución. Sirve para mandarles un mensaje a los mercados. Para apoyar la pata de una mesa que cojea, para lanzarla contra una mosca, para gastarle una broma a un amigo, para limpiarse el culo.
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Si es razonable cambiar la Constitución para mandarles un mensaje a los mercados, por qué no ser un poco más audaces y abrirla al patrocinio. Reformamos la Constitución de modo que, pongamos, las galletas Fontaneda patrocinen el artículo tercero: «La riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España y las galletas Fontaneda son un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección». La necesidad justifica cualquier cosa, dicen.
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Sería muy divertido cambiar sigilosamente la Constitución, y un día ir donde un amigo y decirle: «Eh, Fulano, ¿has visto el artículo 69bis? Va Fulano, lo mira y pone: «Fulano Pérez García tiene prohibido el sexo oral los días laborables». Ver la cara que se le quedaría a Fulano, qué risa, qué descojono.
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Podríamos aprovechar la reforma constitucional y añadirle al preámbulo esta cita de Groucho Marx: «Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros».
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