El otro día visité la capilla de un rey medieval. En un momento dado, subía por una escalera estrecha como el ancho de mis hombros, con la mano sobre las piedras del espigón, y pensé: «Mira, si es como en las películas», porque la rudeza de la mampostería era como el cartón mal hecho. Cuando conocí el Museo de Pérgamo, en Berlín, que contiene el Altar de Pérgamo y la mismísima puerta de Istar de Babilonia y otras asombrosas maravillas, recuerdo cómo miraba yo las túnicas plegadas de los héroes, las ondas del cabello clásico, los tendones retorcidos de los combatientes y los ladrillos lapislázuli y ocres y los toros y dragones de Mesopotamia, y descubrí que eran verdad. Quiero decir que esa iconografía convencional de la Antigüedad que atraviesa a los prerrafaelitas como a Indiana Jones había nacido, a fin de cuentas, en el mundo real; que las invenciones de nuestro ensueño colectivo no eran de la pura imaginación sino de la memoria.
Y hace no mucho iba en un autobús nocturno hacia el sur viendo brillar la luna sobre los campos solitarios y me dije, con toda sinceridad —lo tengo aquí apuntado en el cuaderno—: «Así que aquí está la luna mientras yo vivo en Madrid». Sé que son pensamientos infantiles: que yo pase meses en la ciudad sin ver nunca la luna no quiere decir que la luna no exista porque yo no la vea. Es pueril, y sin embargo personas crecidas, como yo mismo, hemos llegado a creer con toda seriedad —ahora, con toda seriedad— que el mundo real consiste en las cosas que vemos cada día y el resto es ficción. Pero es así que hay mujeres hermosas y hombres valientes, hogueras aromáticas, torres de luz, ciudades bajo la luna, trenes de hierro, amantes como dioses, dichas, desdichas, sacrificios y puentes que se pierden en la niebla. Los anuncios de perfume y las películas y todos nuestros sueños están construidos sobre un mundo, verdadero como esta tarde de domingo, que existe, he sabido, incluso cuando uno no lo vea.

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