A un amigo mío le gusta una mujer —un rostro— que conoce de vista. Sucede que cierta noche, en un bar, alguien les presenta. Y parece que él cae en gracia. Quedan unas cuantas veces a tomar algo, charlan, se van conociendo, esas cosas. Tres semanas después, en otro bar, me está contando cómo han roto, por decirlo así. La expresión es suya. Han tenido esta misma tarde una conversación muy seria. Resulta difícil de comprender qué puedan haber roto al cabo de tres semanas, le digo, y él está de acuerdo. Pero la historia entera es extraña, absurda, un disparate. Mientras me habla se mira las manos inquietas, así que puedo contemplarle la cara a placer, y por debajo de la perplejidad, el amor herido y esas imágenes menores que se pierden con la ilusión, creo ver la incomprensión radical de que algo sinceramente hermoso no sea igualmente bueno. Ese ingenuo desconcierto dolorido que he notado en algunos hombres, como yo mismo, y que la experiencia no disipa. Y ahora que estoy yo a solas, dejando a un lado a las mujeres y los hombres y a mi amigo, pienso en términos más generales. Cómo es que no basta una vida para contender con las promesas incumplidas de la belleza.

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