Un día del mes y medio que el blog ha estado vacío (en abril y mayo), Gin me dijo con mucha razón que volviese a escribir, que esto estaba lleno de polvo y telarañas. Yo le contesté que tenía la cabeza en otra parte, como así era. Más tarde pensé que le había dado a Gin un motivo, pero no una explicación.
Sucede de este modo: cuando tengo la atención fijada en otra cosa, la vida sigue pasando, claro; alguien entra y sale, alguien dice una cifra, ocurren hechos, llueve. La acción sigue, por decirlo así, pero desaparece la trama. Lo que pasa son hechos mondos sin ligazón. Una mañana de aquellas entendí que no, que la trama permanece; soy yo, que no tengo cabeza para verla. Iba charlando con un par de personas por el edificio donde trabajo cuando me llegó el olor vivífico de la madera nueva. Sin dejar de hablar, de pronto me vino como un relámpago un recuerdo dormido durante, qué sé yo, veinte años, la historia de un carpintero y sus hijos. Completa, entera con todas sus circunstancias, metida en un resquicio de lo que estaba pasando, como esos papelitos que los judíos introducen en las rendijas del Muro de las Lamentaciones.
El caso es que el padre de mi amigo Ramón era carpintero. Sus hijos aprendieron con él el oficio. Eran muchos, casi todos varones. Gente callada, ahorrativos y tercos. Ramón tenía un carácter tan leñoso que los amigos decíamos que su padre lo había fabricado una noche en el taller, como a Pinocho (nadie para la malignidad como un amigo). Pasados los años serían maestros, empleados, abogados; pero por aquella época, al final de nuestra adolescencia, los hijos de este hombre eran provisionalmente carpinteros.
El hombre enfermó y murió en el curso de unos meses. Ramón y sus hermanos llevaron el asunto como solían, tan hacia adentro que casi nadie se enteró hasta el día del entierro. Yo me enteré menos que nadie, porque por entonces andaba viviendo fuera. Con el tiempo, de vuelta en mi ciudad, Ramón vino a ayudarme a cambiar la cerradura de la puerta de casa. No sé quién sacó el tema. Él, con su cara de palo, me refirió informativamente la muerte de su padre y pasamos a otra cosa. En un momento dado, sin levantar la vista de lo que estaba haciendo, empezó a contarme que los hermanos habían tallado una lápida de roble. Me explicó que tenía volutas, hojas y arcos, que les había llevado mucho tiempo y cuidado escoger la pieza de madera. Dijo que era muy bonita, lo repitió. Cuando acabó nos quedamos un rato callados, y al final yo dije: «Bueno, era carpintero, ¿no? Era lo justo». Entonces él se volvió y me miró, como a un amigo. «Sí, era lo justo», me contestó. Su mirada la recuerdo bien; el resto los detalles de la escena los he buscado en un cuaderno de los que llevaba yo entonces. La apunté y ahí se quedó; y ni se me ocurrió contarla, porque supongo que es una de esas historias que yo no puedo contar. Luego se me olvidó durante todos estos años, hasta la otra mañana.
Así es como se me ha ocurrido una idea sobre esta costumbre de escribir las cosas, en un blog o en donde sea. Al que pase por el cementerio de la ciudad donde nací, entre las filas idénticas de nichos regulares como un embaldosado le llamará la atención una lápida de madera; la explicación de esa singularidad en la apariencia del mundo se puede conocer aquí, en este post. Yo creo que vale la pena contarlo, porque hurgando en ese resquicio entre las piedras se despliega un conocimiento sobre el mundo que de otro modo no podría saberse.

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