Un hombre joven con una camisa gris de verano y pantalones cortos sube a un vagón del metro en una parada intermedia de la línea. Al cabo de un par de estaciones acaba por comprender que el resto de los pasajeros, digamos que veintitantos, estaban en algo que él ha interrumpido. Se encuentran dispersos por el vagón de un modo casual; no comparten ni la edad, ni el vestido, ni la fisonomía, ni la raza, pero no cabe duda de los liga algún tipo de colusión. Las miradas que apenas se esfuerzan en disimular, una chica que de pronto tararea una tonada, cierto humor socarrón que flota en el ambiente: es imposible equivocarse. ¿Y ahora? La siguiente parada parece que no llega nunca. En adelante, esperamos averiguar qué le pasa al que ha irrumpido en medio de esta gente. Lo hemos visto entrar en la situación y habremos de ver cómo sale; a eso es a lo que nos tiene acostumbrados la narrativa actual. Un desperdicio. La historia que vale la pena ver es lo que hacían esas personas juntas en un vagón de metro antes de que él entrara.

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