Uno de los túneles del metro de Madrid está armado de paneles estancos y por completo inundado de agua a presión. Los usuarios de ese trayecto se quedan en bañador (es preceptivo), con la ropa y los objetos de bolsillo en una bolsa de plástico desechable. El viajero sale disparado hacia su destino con los ojos abiertos, en el seno de la corriente azul, contemplando las trabajadas pinturas de las paredes, donde se representan planicies acuáticas, hombres y mujeres pez, mitologías submarinas, coronas de flores de agua, hipocampos, una fiesta de atlantes, esas cosas.
El viajero va dejándose llevar entre dos aguas. Lo propio es hacer el trayecto en apnea, lo cual te transporta en un estado semejante al sueño, aunque la mayoría toma aire de una botellita con boquilla.
Como es lógico, la vuelta se hace por otro túnel donde el agua circula en sentido inverso. Es una auténtica lástima que comodidades como esta no se hayan divulgado más entre el común de los viajeros.

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