Es un hombre que corre, deja atrás el último barrio de la ciudad, la alameda melancólica, los paseantes, los perros, los bosquecillos, las bicicletas, la piedra conmemorativa; que cruza bajo los puentes de la autopista y sigue corriendo por el campo abierto, ahora más ancho.
El hombre necesita la mitad de sus fuerzas para regresar, pero sigue corriendo pasada la mitad de la carrera, sus espaldas perdiéndose en la distancia; pues este es un hombre que se marcha, y a mí no me es dado seguirlo, esta voz no puede seguirlo, allá a lo lejos.

Deja una respuesta