La ida

En medio de la llanura se levanta una montaña cónica. Junto a su cima, en lo alto, hay un pueblo con paredes de mampostería, muchas fuentes, huertos fructuosos y corrales llenos de ganado. Cada cinco años, al final de la primavera, aparece en el cielo el gran globo dirigible y se lleva por los aires a los niños. Los padres les abrigan el pecho —más arriba el cielo será frío—, los besan, les acarician el pelo, vuelven el rostro hacia las piedras familiares y después contemplan durante horas el punto remoto de la nave que desaparece en el horizonte. Sus hijos regresan años después por el largo camino que cruza el llano, de uno en uno, cuando les toca. Unos son menestrales, otros mercaderes o contables, sacerdotes, músicos. A veces escriben cartas desde tierras lejanas refiriendo que les va bien, que han partido por determinada razón, que volverán pronto, si Dios quiere. De algunos no se vuelve a saber nunca. Los padres sueñan durante las noches de ese verano con la majestuosa nave informe, como un riñón recruzado por docenas de jarcias; sueñan con banderas y grímpolas al viento, con chasquidos elásticos de cables y con la fiera barba del capitán del aire.


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