El uso ha deslavado la palabra: decimos tragedia para señalar un suceso con un fin triste; pero lo que termina mal es una desgracia, mientras que lo propio de una tragedia no es su final sino el camino por que llega, el modo en que se traban los hechos de las personas y el destino.
Y sin embargo, no sé si es dable evitar ese deslizamiento. Si se puede asistir a un término terrible sin entender cada deliberación, cada contingencia, cada duda y cada acto como una suma de trabajos ciegos en favor de la fatalidad. Si se puede contemplar sin piedad ni compasión un destino funesto y entenderlo como un azar, un sinsentido o una comedia.

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