Noviembre

Por las tardes, después de tomar el café, el señor González vuelve a la oficina por la acera de la izquierda, en verano, y por la acera de la derecha, si es invierno. Esta tarde vuelve por la acera de la derecha. El sol de otoño le da de frente y le deslumbra. La luz enciende la silueta cristalina de los árboles, enciende las losas del suelo y el granate en las tapias.

El señor González se queda mirando con detenimiento unas hojas de hierba que se aprietan sobre la acera, en una juntura. Hojitas tiernas verde claro. Apoya la mano en el tronco de un arbolillo liso, de tacto tibio. Siente el peso leve del calor del sol encima de los hombros y, al borde de la felicidad, piensa si ese ensanchamiento de su sensibilidad para el detalle es un don o es señal, por el contrario, de la limitación de su existencia.

Su sombra se alarga, atraviesa la acera y va a caer sobre los hierros de una verja. El señor González, abstraído, se ha olvidado de que medita. Es un hombre de bigote con un abrigo gris parado en medio de la calle. Apoyado en el árbol, cierra los ojos y alza la barbilla para recibir el sol en la cara con avidez y con placer.


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