Acordeones

Conocí una vez un muchacho bondadoso y algo triste que tocaba el acordeón. Un día le mandé una postal de cumpleaños y le escribí una cita sobre el acordeón sacada de un cuento. Sé que le hizo feliz, porque me lo contó tiempo después una amiga común que se encontraba con él ese día. Ya digo, era una bellísima persona.

Durante el verano pasado, muchas tardes sonaba un acordeón, aquí en mi calle, cada día hacia la misma hora. Nunca he sabido quién tocaba porque durante el buen tiempo las copas de los árboles me tapan la vista de la acera. Con el sonido del acordeón en el calor de agosto me acordaba del olor de los ajos silvestres, de la mierda de vaca y de los ojos de Raymond y su expresión de niño.

Ahora, al comienzo del invierno, me acuerdo de los días apacibles y extraños de este verano que ha pasado hace tan poco, me recuerdo aquí sentado recordando a Raymond, ahora que el acordeón se ha ido, y me pesa todo este tiempo mío que se va apilando, recuerdo sobre recuerdo, como una carga difusa que diluye y esfuma los detalles de la emoción en la memoria y deja solo una lechosa, punzante, vagamente humana sensación de haber sentido.


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