Avellana: su cuaderno de viaje III

En Antazona vuelan como si no tuviese importancia.
Uno los ve subir, bajar. Charlan un poco, se dan otro vuelo, hasta la orilla del r�o, del pin�culo de la catedral a una terraza. Lo de menos es el vuelo: al cabo de un rato, uno no envidia sus alas, envidia esa manera de ser.
El fantasma de un mensajero golpea de puerta en puerta con una carta en la mano. No se sabe por qu�, su destino depende de que entregue esa carta. Al cabo de unos d�as, nadie le abre.
El arbay�n se llama as� por la regi�n de Arbay, en Dendia, que es donde se daba este color azul, al menos al principio. En algunas piedras cristalinas, en una especie de p�jaros menudos, en el cielo poco antes de caer la noche, si est� despejado.
En otra regi�n crece una medusa enorme. Se hincha hasta ocupar el espacio completo del lago, viciosa, ah�ta, embebida de toda su agua.
El camino hasta el pozo del Noc se interna en la monta�a a trav�s de una gruta natural que se ha ensanchado a mano para que quepa una persona de frente. Los visitantes hacen fila en silencio y en la oscuridad a lo largo del camino, que desemboca en una estancia circular de techo alto, tambi�n en tinieblas. En el centro est� el pozo.
Cuando te llega el turno, te acercas al pozo, te asomas, y abajo —parece que casi podr�as tocarlas con la punta del pie si te descuelgas—, ves estrellas.
Esta gente reza en templos hechos de voces. Los erigen sobre la hierba o sobre lajas de piedra lisa. Terminada la ceremonia, perduran un rato en el aire y se deshacen.
[Avellana: su cuaderno de viaje II]


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