Abajo, al buzón, ha llegado una postal de Praga. Una postal de verdad, de cartón. Praha. Trae un dibujo que representa un cuarteto de músicos callejeros tocando en un puente empedrado; a la vuelta, el mensaje manuscrito en letras torcidas de color verde.
Unas personas han hecho este papel y lo han tintado; unas manos que me quieren lo han escogido y se han detenido en una terraza, imaginemos, al lado del abejorreo de un río de turistas, a escribirme estas palabras de recuerdo. Y luego todo ese trabajo de meterla en sacas, cargarlas, llevarlas a los trenes, cruzar Europa entera en vagones nocturnos, a través de campos iluminados por la luna. El peso de la postal en mis manos genera esa distancia, y está muy bien que así sea, porque la gente está lejos, Praga está lejos, en los ferrocarriles y en mi vida. Esa es la verdad. El cartón me despierta de la ilusión electrónica de lo instantáneo, como de un sueño.
Claro, algún día iremos juntos, seguro.

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