A rachas el pensamiento se vuelve vagabundo, desvaído; no lo atrae nada, flota. El pensamiento piensa, pero muy generalmente. Al cabo de unos días así, se puede hacer un ejercicio de foco. Fijarlo. Pensar, por ejemplo, en un gecko tan largo como el dorso de una mano, con la silueta nítida de su cola, sus dedos diminutos palmeados, el lomo verde lima y escarlata.
El olor frutal del aceite de oliva crudo.
El crotorar de una cigüeña, que nunca se olvida.
La nuca de la soldado que ha subido al tren, sus trenzas rubias recogidas bajo la gorra.
Esos crujidos que se oyen en el silencio crepuscular de los cementerios.
Un guijarrito de vidrio devuelto por el mar, redondo, suave como una piel, traslúcido.
Las mejillas de mi sobrino, tan blancas que dejan trasver el riego azul de las venas.
Tantos mosquitos como gotas estrellados contra el parabrisas.
Un píxel.

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