La vida invisible

Cuando la compré, mi casa estaba vacía y yo llegaba con casi nada, así que era libre de disponerla como quisiera. Me instalé tal cual, con el colchón en el suelo, el ordenador sobre un tablero de vidrio y los libros en cajas, mientras le iba dando vueltas.

El otro día a una visita le ha llamado la atención lo del colchón y las cajas, y que los cables cruzasen por mitad de las habitaciones de cualquier modo, todavía, al cabo de año y medio. Y lo de la cinta de carrocero…

Me he quedado desconcertado. Por toda esa parte de ahí, en la terraza, irá una chapa galvanizada para poner los tiestos; compraré unas jardineras un día, cuando alguien me acerque a un vivero, con un coche. Al lado de esa puerta va una estantería traslúcida. La tengo que hacer yo, pero es sencilla. Los cables del suelo van en canaletas, por ahí y por ahí. Está todo perfectamente claro.

Resulta que llevo un año y pico viviendo en una casa amueblada con deseos. Como le sucedía al niño de El sexto sentido, la decoración de mi casa son fantasmas que sólo veo yo, por lo que parece.

Estoy un poco perplejo. Y sin embargo, pienso, si en toda la vida sólo entrase yo en esta casa, no imagino otra decoración mejor.


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