Punto de vista II

En el tren de cercanías va dormida una joven china. No con el sueño incómodo de estos casos, sino con un abandono inocente, como la que está en su cama.

Es una mujer china, ya digo, dormida en un tren. Una figura cualquiera. En alguna parte saben su nombre, piensan en ella mientras no está, la esperan. Quizá para alguien ese rostro único se confunde con el rostro del mundo. O quizá no.

No puedo saber si ella tiene esas cosas. De mí sí puedo. Me miro ahora a mí mismo —miro las manos que sostienen el periódico abatido sobre mis rodillas— y me lo pregunto. Y sí, tengo esas cosas.

La ventana del tren atraviesa Madrid. Vuelvo a mirar a la mujer dormida. ¿Y ella?


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